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Desayuno con Embriones
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Castra Castro
Ética, Derechos

http://castracastro.blogspot.com.es/2013/12/desayuno-con-embriones.html

[Recupero este artículo publicado en El Sindicato durante la primavera de 2012 con el objetivo de estimular el debate teórico y el intercambio de argumentos sobre el aborto. Como dijo el cómico George Carlin: «¿Por qué se llama aborto si somos nosotros y si es una gallina se llama tortilla?» Y yo añado: «¿Para cuando hacernos unos bocatas de embriones revueltos con pimiento?» Ya estamos tardando.]  


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En enero de este año [2012] se implantó una normativa europea que obliga a mejorar las condiciones de las gallinas ponedoras. Este tipo de legislación en el sector de la alimentación resulta —dicho sea de paso— bastante acorde con la penetración en Occidente de un saludable sentido común favorable a la consideración del bienestar animal, bien sea por razones morales (antiespecismo normativo), bien sea por consideraciones estéticas (simpatía contemplativa). Sin embargo, esta medida concreta solo puede resultar insuficiente para los primeros y decepcionante para los segundos. Por un lado, los defensores de una consideración imparcial de los intereses de todas las criaturas sensibles difícilmente se sentirán —nunca mejor dicho— representados en una directiva gubernamental tan pusilánime, que contempla un miserable aumento de la superficie disponible por ejemplar hasta los 750 centímetros. Por otro lado, los amantes de los juguetes animados y de las mascotas graciosas que, en palabras de Peter Singer, consideran “que un bebe foca con su piel blanca y suave y sus grandes y redondos ojos merece mayor protección que un gorila, al que le faltan esos atributos”; esos camaradas taaan sensibles —como digo— ya empieza a constatar los costes pecuniarios de su mundo interior. En el sector de la avicultura, la reposición de las jaulas ha supuesto un incremento de los costes de producción y las limitaciones de espacio se han traducido, de forma inmediata, en una reducción de la oferta (que descendió un 22%) y en un incremento de los precios (que aumentaron un 50%).

Mientras esperamos que el precio de los huevos ascienda de forma imparable hasta convertirse en un producto de lujo y ostentación, a la altura de otro tipo de embriones animales como el caviar, solo aptos para el consumo de las clases adineradas y los luchadores de wrestling (percíbase la ironía), algunos tertulianos comienzan a carraspear con fuerza y a elevar el tono de voz para denunciar una medida que juzgan ineficiente, máxime en tiempos de profunda recesión económica, porque supone una severa restricción de la competitividad internacional, y además implica un gravamen adicional sobre la canasta básica de bienes de consumo de los (ya de suyo empobrecidos) hogares europeos. Desde una perspectiva antiespecista cabe reconocer que la carestía es una consecuencia indeseable pero, no obstante, seguir insistiendo que, además de las mejoras en infraestructura avícola, la restricción del consumo y la reducción de la población son medidas necesarias para garantizar un trato equitativo y sostenible de las gallinas ponedoras, acorde con la moralidad realmente existente en Europa que reclama, desde hace tiempo, la politización de las pautas de consumo y, en concreto, la compresión de la comida como campo de batalla. En este sentido, el aumento de los precios hasta niveles prohibitivos es una medida coyuntural que recurre a los instrumentos del mercado o —para ser más exactos— a la herramienta de la oferta para imponer limitaciones en la conducta de los agentes económicos. A falta de una (mayor) autocontención espontánea de la demanda, si los individuos no se comportan en sus intercambios mercantiles conforme a sus principios declarados, es competencia de sus representantes políticos imponer las restricciones gubernamentales pertinentes, conforme a la opinión agregada de la mayoría. Este tipo de restricciones legales, seguirán siendo favorables al compromiso del ciudadano, aunque puedan ser contrarias a la hipocresía del consumidor.

La polémica en torno al precio de los huevos arroja un viejo debate de la ética aplicada: ¿resulta moralmente reprobable el consumo de embriones? Hace apenas unos días se orquestó un debate en Facebook sobre las implicaciones morales de la dieta vegana, a raíz de la publicación de la tercera entrega de Rollo Random en esta misma casa [El Sindicato], que concluyó con la sugerencia de organizar un desayuno a base de “óvulo humano en salsa de helado de semen criogenizado" con “cordón umbilical en salsa de almíbar como postre”. Antonio J. Rodríguez formuló esta propuesta en tono de provocación a modo de reductio ad absurdum de la defensa convencional de la dieta omnívora; una mezcla de relativismo moral, conformismo gastronómico y denegación de origen (“todo vale mientras cocine mi abuela con alimentos de origen indeterminado”). En esta misma línea, Antonio J. subrayó que esos abortistas taaan magnánimos, que tanto disfrutan llenándose la boca con monsergas teológicas mainstream y con cadáveres descuartizados de animales (una instrumentalización del reino animal que, por otro lado, se encuentra en plena conformidad con la entronización del Varón en las principales religiones monoteístas), esos chamanes de la sacralidad de la vida quizás deberían —según Antonio J.— saludar la carestía de huevos que atraviesa Europa como el anticipo de una disminución de la demanda de gametos femeninos para consumo humano.

A fin de cuentas, quien lucha por extender los derechos civiles a los fetos (Homo Sapiens Sapiens sin voz ni voto), también debería luchar, en primer lugar, por el reconocimiento de los derechos animales y, en segundo lugar, por la extensión de tales derechos a los huevos de corral (Gallus Gallus Domesticus sin canto ni pio-pio). Con independencia de la solidaridad de especie, no hay prima facie ningún criterio moral que justifique esta exclusividad en la aplicación del derecho a la existencia: ceteris paribus, el nacimiento de dos individuos detenta idéntico valor. La aceptación de este principio no excluye que podamos establecer, en un segundo nivel de justificación, una jerarquía de nacimientos que valore de un modo preferencial ciertas características que poseen de forma sobresaliente la mayoría de los miembros de nuestra especie, como el desarrollo del lenguaje doblemente articulado, la manipulación tecnológica avanzada o la previsión del futuro distante. Sin embargo, cualquier versión ilustrada del antropocentrismo que pretenda establecer un listado exhaustivo de las características que justifican el privilegio ontológico de nuestra especie se encuentra sometida, desde la publicación de Animal Liberation (1975), al argumento de los casos marginales: la etología demuestra que muchos animales poseen características que convencionalmente habríamos considerado distintivas de nuestra especie, mientras que multitud de seres humanos carecen por completo de tales facultades preferenciales. A falta de otro principio mejor, la igual consideración de intereses constituye el basamento mínimo de toda jerarquía en equilibrio reflexivo con nuestras intuiciones morales profundas.

Ahora bien, ¿qué entendemos por interés? Algunos autores próximos a la ecología profunda presuponen una definición máxima de esta noción y, de este modo, atribuyen intereses específicos a cualquier entidad que se esfuerce por mantenerse en su ser, incluido el reino floral y el planeta Tierra. De acuerdo con este enfoque eco-spinozista, cualquier individuo o conjunto movilizado por esta inercia existencial detenta, en última instancia, un interés susceptible de reconocimiento jurídico y de protección legal. Se pueden plantear dos objeciones a este planteamiento. En primer lugar, ciertas nociones filosóficas asociadas al conatus, como la preservación de la potencia, el incremento de la energía o la afirmación de la existencia, parecen entrar en contradicción con el segundo principio de la termodinámica que, bajo los prismáticos aberrantes de la ontología, sugiere una tendencia irreversible hacia la defunción por uniformidad térmica. En segundo lugar, la equivalencia conceptual entre interés y conatus suscita, en último término, una interpretación animista de la realidad que no discrimina entre deseos autoconscientes, inclinaciones conscientes y regularidades nómicas; lo que conduce a callejones sin salida: a fin de cuentas, una secuoya persevera en su crecimiento, del mismo modo que una combustión persevera en su reacción química, una célula en su ciclo biológico y un electrón en su orbital atómico. Así pues, a menos que estemos dispuestos a reconocer los derechos de los incendios forestales, de las invasiones cancerígenas y de la radiación electromagnética, tendremos que restringir la atribución de intereses y vincularla con la posesión de sensibilidad. En este sentido, un enfoque moral comprometido con la igualdad de consideración de intereses, que incurra en extrapolaciones animistas injustificadas, evaluará moralmente la conducta humana asumiendo la perspectiva —y considerando el bienestar— de las criaturas sensibles involucradas en cada situación. Esta atribución exclusiva de intereses a las criaturas sensibles se conoce como sensocentrismo.

Retomando nuestro asunto, ¿qué hay de malo en desayunar embriones humanos, como sugiere Antonio J. Rodríguez, de hasta 18 semanas de gestación? Hasta esta fecha la corteza cerebral no está desarrollada como para que ocurran las conexiones sinápticas pertinentes para la transmisión de experiencias sensibles y, por lo tanto, la conjetura sobre el sufrimiento silencioso o el grito inaudible carece de fundamento. Con excepción del dogma teológico sobre la sacralidad de la vida humana, no conozco ningún criterio moral que condene el consumo de embriones humanos sin condenar, al mismo tiempo, el consumo de otros embriones (v.gr., el balut o huevo cocido y fertilizado de pato, con embrión dentro; todo un manjar en algunas zonas del sureste asiático). Además, el principal razonamiento (no dogmático) favorable al reconocimiento de los derechos prenatales se sostiene, en último término, sobre alguna modulación pugilística del conatus: el embrión es una criatura sensible en potencia que se esfuerza por alcanzar la existencia; al interrumpir de un modo artificial esta odisea ontológica estamos negando el derecho a la permanencia legítima en el SER. Como ya hemos visto, esta postura animista se enfrenta a problemas irresolubles de demarcación: si la potencia existencial es un continuo afirmativo, ¿dónde situar la frontera entre la materia inerte y el organismo vivo? En el discurso antiabortista es habitual emplazar este salto cualitativo en el momento de la fecundación, señalando el carácter irrepetible del material genético contenido por el cigoto. Sin embargo, resulta arbitrario —cuando no curioso— pretender que la protección del ciudadano comience en ese preciso instante, si tenemos en cuenta que el inestable matrimonio entre el óvulo y el esperma puede terminar en divorcio express (el cigoto puede dividirse hasta 14 días después de la fecundación) o en masacre uterina (el número de abortos naturales sugiere que el aparato reproductor femenino es —en realidad— una máquina de infanticidio masivo). Con todo, las especulaciones antiabortistas sobre la potencia y lo irrepetible convierten a las biomujeres en dictadores sanguinarios que permiten la comisión de crímenes contra la Humanidad en el interior de su cuerpo, al desperdiciar cada mes un puñado de preciado material genético, especialmente aquellas Überfrauen que estuvieran en posesión de una cavidad uterina perfeccionada para el asentamiento óptimo del embrión. Desde un enfoque consecuencialista, si la preservación de material genético irrepetible es un objetivo en si mismo, entonces la interrupción del embarazo (aborto) y su omisión (menstruación) tienen idéntico resultado y, por tanto, ameritan idéntica valoración moral con independencia de la motivación subyacente. En comparación con las deficiencias teóricas del animismo, el enfoque sensocentrista ofrece una respuesta más rotunda y menos diletante, en perfecto equilibrio reflexivo con nuestras intuiciones morales, a saber: mientras no vulnere la sensibilidad ajena, el ser humano tiene licencia para consumir criaturas no sensibles. Ahora bien, ¿acaso el consumo de embriones humanos vulnera la sensibilidad ajena? ¿No estaremos acaso ante un prejuicio cultural fruto, a partes iguales, de un pasado histórico traumático y de una rémora teológica cristiana?

El debate está servido.

   



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