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¿Cómo puede doler una pierna que no existe?
346 visitas desde el 24/01/2017
Manu Herrán
Sensocentrismo, Realidad, Conocimiento


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Según distintos estudios, en aproximadamente un 65% de las amputaciones los individuos manifiestan seguir percibiendo el miembro perdido, refiriendo especialmente sensaciones dolorosas. No se quejan de dolor en el muñón, algo que sería comprensible: se quejan de dolor en el miembro que ya no existe.

¿Cómo es posible que una pierna que no existe, duela? La respuesta, por sorprendente que parezca, pasa por reconocer que eso que llamamos pierna, -y me refiero ahora a la pierna que sí “existe”- tampoco es mi pierna, sino la imagen mental que tengo de mi pierna.

La humana es una especie terriblemente visual. Para nosotros se trata de un sentido extraordinariamente valioso y como tal, uno de los preferidos para establecer lo que es real. Pero la vista, así como el resto de los “sentidos tradicionales” (el oído, el olfato, el tacto o el gusto) son simplemente mecanismos de representación interna de la realidad exterior, más o menos fieles. Toda percepción es representación, toda percepción es interpretación y toda percepción es simulación; al menos, la obtenida mediante estos sentidos tradicionales. Mi “yo” no tiene un contacto directo con la realidad objetiva exterior. Todo mi contacto con la realidad “ahí fuera” (el árbol, el otro) la obtengo a través de estos sentidos (veo un árbol, te veo a ti). Cuando señalo con el dedo “mi pierna” –la que “existe”-, en realidad señalo la representación que mi mente tiene de mi pierna. Ni siquiera “mi dedo” es mi dedo, sino la representación que mi mente tiene de mi dedo; y por supuesto “mi cabeza” no es mi cabeza, sino la representación que mi mente tiene de mi cabeza, aunque todo esto parezca un trabalenguas. ¿Qué es la mente, entonces? Mira a tú alrededor: todo lo que ves, eso es tu mente.

En el síndrome del miembro fantasma se produce una disonancia cognitiva entre dos fuentes de información: la visual y la nociocepción. Entre un “sentido externo tradicional” y un “sentido interno adicional”, porque efectivamente hay otros sentidos, decenas de ellos, no sólo los cinco que aprendimos en el colegio. Racionalismo y empirismo son extraordinarias herramientas, usémoslas. Pero a veces no son suficientes. La respuesta está en lo que se conoce como sentidos internos y el subjetivismo. Estamos de acuerdo en que el miembro amputado no existe en ese mundo consensuado “ahí fuera”. Pero negar la realidad de la experiencia subjetiva interior (o considerarla una enfermedad psiquiátrica) sería un grave error. Ese miembro está representado en la mente de la persona amputada. No visualmente, ya que mira y no lo ve, pero si mediante otro sentido: el dolor. ¿Y cuál es su causa, si el miembro no existe? El motivo lo podemos encontrar en los cambios producidos en el sistema nervioso tras la amputación, que origina un proceso de reorganización cortical. Las diferentes partes del cuerpo tienen una representación sensitiva y motora en la corteza cerebral, y el área que representa la parte amputada sufre una desaferenciación al dejar de recibir información. Todo parece indicar que eso es lo que produce el dolor. Y la experiencia es real. El miembro que no existe, duele. Afortunadamente contamos con la terapia en espejo que ha permitido no sólo reducir drásticamente el dolor sino que también facilita la recuperación de habilidades motoras en pacientes con daño cerebral adquirido.

Si este asunto nos resulta tan sorprendente y hasta inquietante es porque, al ser la humana una especie tan visual, damos una confianza altísima a aquello que vemos -mientras que otras especies animales en cambio confiarían más en su olfato- y con ello construimos una representación compartida y coherente del mundo que soporta todo lo demás, sin la cual todo aquello en lo que creemos se desmoronaría como un castillo de naipes. Es la vista la que permite, principalmente, construir esa representación convergente del mundo material en las mentes de cada uno de nosotros. Cuando alguien percibe algo que nadie más puede ver, decimos que ve “fantasmas”. Pero no, no lo son. No son fantasmas. Son experiencias reales, como tantas otras. Y afortunadamente, podemos compartirlas.

Por eso la comunicación es tan maravillosa: porque permite adentrarnos en la experiencia de otro ser, en ese otro-como-yo, abriendo rendijas de luz y calor entre los fríos muros del solipsismo.






Este texto es una continuación del artículo "Racionalismo, empirismo y extremidades fantasma" publicado en el Blog de ViveLibre en marzo de 2017.

   



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» “Es un dolor excruciante, inmediato, que simplement...
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