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¿Cómo priorizar la reducción del sufrimiento? La medida de la experiencia sintiente
528 visitas desde el 26/02/2016
Manuel de la Herrán Gascón
Sintiencia, Realidad, Ética

"La vida es un negocio cuyos ingresos no alcanzan, ni de lejos, a cubrir los gastos".
--Arthur Schopenhauer



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¿Cuál es la aritmética del sufrimiento? Si pudiéramos asignar un número a la intensidad de la experiencia subjetiva de cada sensación, parece que las matemáticas asociadas a las operaciones entre estos valores obedecen a algún tipo de aritmética extraña. ¿Tal vez corresponda con alguna función no lineal cuyo comportamiento no sea expresable como la suma de los comportamientos de sus elementos componentes?

Este artículo hace una indagación por algunos aspectos extraños de las "matemáticas del sufrimiento". La reflexión está orientada hacia la determinación de las prioridades en un proyecto de reducción global de sufrimiento. En conclusión destaco la importancia de reducir en primer lugar aquel sufrimiento que sea más intenso, teniendo mucha menor importancia otros factores como la duración de la experiencia desagradable o el número de seres que la experimentan.

Por supuesto, se puede hacer un análisis similar acerca de las experiencias placenteras. Sin embargo, los seres sintientes, en general, estamos muy lejos de experimentar cantidades de sufrimiento razonables. El sufrimiento es horrible. Además de maximizar la felicidad, tenemos, antes, mucho trabajo pendiente para minimizar el sufrimiento.

Ciertamente, esta visión es deprimente y seguramente por ello no sea muy popular. El sufrimiento extremo es una de las cosas que repelen la atención.

La aritmética del sufrimiento

Antes de comenzar debemos reconocer que la medida de la experiencia subjetiva parece ser algo paradójico. Tal como afirma Sergio Aranda (resumido): "La cuestión es cómo hacer equivalencias entre las significaciones que provoca un mismo tipo de experiencia entre distintos individuos. Desde luego la significación orgánica de toda experiencia individual es perfectamente mensurable a través de diversos parámetros clínicos. Pero la significación exacta de una experiencia para un individuo no es extrapolable a otros. No solo no podemos saber cómo es "ser un murciélago", sino que tampoco podemos saber cómo es "ser otro ser humano" distinto a nosotros mismos.

Efectivamente, tras un posoperatorio (siempre doloroso), se puede escanear el cerebro del paciente detectando la actividad cerebral en distintos momentos, y el paciente puede indicar cuándo le duele más o menos y relacionarlo con la imagen cerebral, y de esta forma alimentar un sistema que establezca la correlación en el sentido inverso, es decir, que a partir de la imagen cerebral, deduzca la intensidad del dolor experimentado. Aunque esta aproximación por supuesto tiene muchos problemas. Por una parte podría ser un post hoc ergo propter hoc. Por otra parte ¿cómo asegurar que los mismos parámetros fisiológicos determinan una misma experiencia subjetiva?

Javier Moscoso es más optimista con este tema y considera que "la medida objetiva de la experiencia subjetiva no tiene nada que ver con una discusión bizantina sobre la objetividad del mundo, sino con una investigación empírica sobre fenómenos privados". Javier cita a Gustav Theodor Fechner (pág. 133) quien propuso que la intensidad de una percepción es proporcional al logaritmo de la magnitud física del estímulo que la genera.

Todo este asunto resulta ciertamente paradójico. Si preguntáramos a alguien acerca de la magnitud de sus experiencias ¿que respondería y que interpretación tendría esto? Dependería mucho de lo que ocurriera a continuación con dichas medidas. Tal como cita Javier en su artículo, en la segunda guerra mundial muchos heridos afirmaban no sentir dolor, probablemente porque esto aumentaba sus probabilidades de ser evacuados.

¿Resulta por tanto imposible medir el dolor? No nos desanimemos. Empecemos por algo muy sencillo: en general uno es capaz de indicar cuándo le duele más y cuándo le duele menos, y durante cuánto tiempo. El problema es que esas expresiones son más cualitativas que cuantitativas y si tratamos de convertirlas en números, es muy posible que necesiten correcciones. ¿Cómo lograr dichas correcciones?

La determinación numérica (relativa) del valor de la experiencia subjetiva puede precisarse en función de algún tipo de aplicación práctica y subjetiva de ese valor. Me refiero por ejemplo al caso de poder elegir entre un sufrimiento intenso durante un periodo corto, o un dolor menos intenso, pero durante más tiempo.

Brian tomasik, al final de su artículo "Acerca de la gravedad del sufrimiento" propone una comparación de este tipo.

[..] el dolor físico sería peor de todos. Preferiría estar deprimido durante meses o años antes que quemarme en una hoguera sólo un minuto. No he experimentado el Irukandji, pero tal vez opinara lo mismo. Algunas cosas son tan malas que a su lado todo lo demás se vuelve irrelevante.

Es decir, si pudiéramos elegir, tomaríamos el sufrimiento más intenso que tuviéramos el riesgo de sufrir, y sustituiríamos ese riesgo por el riesgo de sufrir un sufrimiento menor aunque más duradero en el tiempo.

La forma de tomar decisiones morales es, en mi opinión: tomar todas las vidas (y sus muertes), de todos los seres sintientes, pasados, presentes y futuros, y colocarlos en una fila, como si fueran una única vida, y actuar como si todas esas vidas fueran mi propia vida.

La primera pregunta que yo me hago con "mi" vida de este tipo es: ¿cuáles son los máximos sufrimientos, y cual es el coste de evitar dichos sufrimientos?

Para ello debemos cuantificar de alguna forma las experiencias.

¿Cómo medir la experiencia?

La medida de la experiencia sintiente implica, por ejemplo, asignar un número, digamos, positivo para experiencias satisfactorias y negativo para las desagradables. La escala numérica tendrá sentido especialmente de forma comparativa. Los aspectos relevantes de una escala de este tipo son:

  • Aplicado a un periodo temporal cualquiera: El balance neto de dicho periodo ¿ha merecido la pena?
  • Cuando el periodo es una vida entera. ¿La experiencia neta de cierta vida es positiva? Es decir, dicha vida ¿merece la pena?
  • ¿Cierta experiencia es mejor o peor que otra?
  • ¿Cierta vida es mejor o peor que otra?


En cuanto al primer punto, podemos hacer las siguientes preguntas:

  • Para cierto individuo ¿la experiencia neta es positiva?
  • Para un individuo típico de cierta especie ¿la experiencia neta es positiva?
  • Para un ser sintiente de cualquier especie ¿la experiencia neta es positiva?


Hay distintas forma de tener respuestas o aproximaciones de respuestas a dichas preguntas

  • Preguntando a dicho individuo, si es que nos puede responder y nosotros entenderlo
  • Teniendo en cuenta los que otros opinan acerca de ello
  • Teniendo en cuenta los que yo opino acerca de ello


Una forma fiable de identificar lo que uno realmente opina acerca de si merece la pena cierta vida es poniéndome en su lugar de la siguiente forma:

Me pregunto:

  • ¿Aceptaría reencarnarme en ese individuo y vivir su vida?
  • ¿Aceptaría reencarnarme en un individuo de dicha especie?
  • ¿Aceptaría reencarnarme en un ser sintiente cualquiera?


Si la respuesta es "No", esto significa que considero que no merece la pena dicha vida.

En general el "velo de la ignorancia" es una buena forma de obtener respuestas a dilemas morales que son resultado de una valoración cuantitativa de las consecuencias de las acciones.

El "velo de la ignorancia" (no me gusta el nombre. Yo le llamaría el "egoísmo velado") me parece una buena herramienta para establecer reglas morales justas. Requiere ponerse en el lugar del otro e imaginar cuales son sus deseos e intereses, y poner a prueba los criterios suponiendo que somos otro cualquiera que mira por su propio interés.

Continuamente todos hacemos esfuerzos por entender los intereses de otros y "ponernos en sus zapatos". Otros de otra edad, otro sexo, otra cultura, otra especie... El hecho de que ésta tarea sea difícil o que no tengamos certeza absoluta en relación a los intereses de otros, no la invalida.

Dejar las cosas como están, por prudencia, es decir, dejar morir de hambre, de sed, devorados, aplastados, etc. no me parece justificado. No necesitamos una certeza absoluta del resultado de nuestras acciones, sino una certeza razonble.

Continuamente intervenimos para colaborar con los intereses de otros. Tenemos una gran capacidad para cambiar la realidad, y continuamente la estamos empleando ¿Qué justifica que la empleemos con unos (con humanos) y no con otros (animales no humanos)?

No considero la posturas morales de forma absoluta, como buenas o malas, sino de forma relativa: unas mejores que otras. Empleando el "egoísmo velado", en este hilo menciono que ciertas cosas son mejores que otras. No digo que sean buenas, sino que las comparo.

1) Es mejor ser asesinado, que ser esclavizado, torturado y después asesinado
2) Es mejor no haber nacido, que nacer y morir poco después con un gran sufrimiento

¿Por que lo sé? Por que me pongo en su lugar, imaginando, por ejemplo, que me reencarno en otro ser y:

1) Prefiero una muerte rápida a una muerte lenta, agónica y dolorosa
2) Si lo único que voy a conocer es el sufrimiento, preferiría no existir

Periodos para olvidar

¿Quien no ha tenido un día para olvidar? ¿O una semana para olvidar? ¿Tal vez meses? ¿Años?

Ofrecer distintas escalas temporales en las que uno podría eliminar experiencias pasadas es una forma de valorarlas hedónicamente. Ser consciente de ello puede ser tremendamente útil, tanto para nosotros como para otros, ya que nos puede ayudar a entender mejor lo que nos ocurre, y lo que les ocurre a otros; y tomar las mejores decisiones en el futuro, en relación a nosotros mismo, y en relación a otros.

Creo que la mayoría de nosotros somos tan afortunados que casi todos nuestros días tienen un valor hedónico mayor de cero, es decir, no nos arrepentimos de haberlos vivido. Hasta el día más gris y aburrido en el trabajo tiene sus buenos momentos. Tal vez el día compense simplemente por ese ratito de lectura o de conversación antes de dormir.

Pero por otra parte, creo que todos hemos tenido días, o al menos horas realmente malas, que nos gustaría olvidar. ¿Si pudieras hacer que esas horas nunca hubieran existido, lo harías? Y si sólo pudieras eliminar días completos, y nada mas pequeño ¿eliminarías ciertos días por contener algunas horas malas, o el resto del día merecería la pena? ¿Y si solo se pudieran eliminar semanas, o incluso meses completos? ¿Y si solo pudieras eliminar años completos? ¿Merecería la pena hacerlo? ¿Y si el periodo a eliminar fuera toda tu vida?

Algunas observaciones importantes:

"Preferiría no haber nacido" no es lo mismo que "me gustaría morir", de la misma forma que "preferiría no haberme gastado 3.000 euros en este viaje de vacaciones" no es lo mismo que "me gustaría estar ya de vuelta en casa".

Alguien dispuesto a eliminar meses e incluso años de su vida no tiene por qué tener un valor hedónico inferior a alguien que únicamente eliminaría algunas horas o incluso ninguna, dado que el primero tal vez tenga buena memoria y gran capacidad de autoconocimiento, y el segundo tal vez tienda a olvidar las malas experiencias o a distorsionar los recuerdos positivamente.

Las opciones que se proponen son:

  • No eliminaría ninguna experiencia de mi vida
  • Eliminaría algunas horas de mi vída
  • Eliminaría algunas semanas de mi vida
  • Eliminaría algunos meses de mi vida
  • Eliminaría algunos años de mi vida
  • Preferiría no haber nacido

   



Comentarios



2016-07-27 05:35:16

https://probaway.wordpress.com/2008/08/06/the-pain-scale-for-measuring-suffering-and-alleivation-of-suffering/

2016-10-25 15:48:49

Gustav Theodor Fechner propuso que la intensidad de una percepción es proporcional al logaritmo de la magnitud física del estímulo que la genera.



http://www.ub.edu/pa1/node/gustav

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